jueves, 12 de octubre de 2017

A la deriva , de Horacio Quiroga con TP 2017



PARA PRIMERO DE SAN BLAS Y EEST Nº 1
Horacio Quiroga            A LA DERIVA




El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
--¡Dorotea!--alcanzó a lanzar en un estertor.--¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
--¡Te pedí caña, no agua!--rugió de nuevo.--¡Dame caña!
--¡Pero es caña, Paulino!--protestó la mujer espantada.
--¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
--Bueno; esto se pone feo--murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Se  sentó en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú
corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
canoa, y tras un nuevo vómito--de sangre esta vez--dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

--¡Alves!--gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

--¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!--clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.--En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón míster Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Deseado, un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de  la mano.
--Un jueves...
Y cesó de respirar.
Trabajo práctico           A la deriva de Horacio Quiroga  

Claves para leer “A la deriva” de Horacio Quiroga

Este cuento de Horacio Quiroga puede clasificarse como realista.  La acción se desarrolla en un ámbito en el que la naturaleza enfrenta al hombre y lo lleva a situaciones extremas. El título del relato es muy significativo: el personaje queda “a la deriva” en su canoa, que lo conduce al lugar en que tal vez podría ser atendido y curado. Pero también está “a la deriva” en la vida ya que, en un ambiente tan hostil, su existencia es insignificante y está sometida a toda clase de imprevistos: no puede cuidar la integridad de su cuerpo, ni prevenir la enfermedad, ni hacer nada para defenderse de las fuerzas en este caso destructivas de la naturaleza.

 

Actividades
1.        selecciona y copia el significado de las palabras y construcciones siguientes del cuento pueden asociarse con la muerte (consulten el diccionario si no conocen algún término):
Fúnebremente – frescura – lustre gangrenoso – veloz ojeada – lúgubre – remolino – majestad – manchas lívidas – obraje – tiempo justo – pantalla de oro – fulminante vómito.

2.        Copia, por lo menos, dos expresiones que remitan a la transformación corporal provocada por la mordedura de la víbora.
3.        a) ¿Se conoce desde el comienzo del cuento el ambiente en el que se desarrolla la acción? ¿Algún indicio permite suponerlo? ¿En qué lugar del cuento esto se vuelve claro? b* extrae adjetivos que caractericen a el lugar y el hombre.

4.        ¿Cuál es la primera referencia acerca del lugar donde habita “el hombre”? Señala con una cita.
5.        Hacia el final, los recuerdos se acumulan en la mente del personaje. A partir de esos recuerdos, ¿qué se puede reconstruir acerca de su vida?
6.        En un momento el hombre parece aliviarse de su padecimiento: cita las frases que llevan a pensar eso.
7.        ¿La muerte del hombre toma por sorpresa al lector? ¿Por qué? ¿cómo es la vida de este hombre?
8.        ¿Por qué  el narrador se refiere siempre a él como “el hombre” y nunca por su nombre?

La descripción en el cuento

En este cuento, lo mismo que en muchas narraciones realistas, las descripciones cumplen una función muy importante, ya que vuelven más creíble, es decir, más verosímil, lo que se narra. Las descripciones incluidas en “A la deriva” permiten explicar muchas de las acciones que el protagonista va realizando, porque, en la medida en que su cuerpo se transforma y su salud empeora, él va reaccionando de diferentes maneras y tomando distintas iniciativas. El deterioro de su salud se va mostrando al lector por medio de descripciones.

9.        ¿Qué tiempo verbal predomina en el relato de los hechos? ¿Y en las descripciones?

Los verbos en la descripción

Los verbos característicos de las descripciones refieren la existencia de algo o alguien, y su ubicación en el espacio. Generalmente, se utiliza el verbo haber en forma impersonal: En la habitación hay tres ventanas. También se utilizan otros verbos como encontrarse, estar, presentar/se también: Esa habitación estaba en el extremo más alejado del jardín.

Por otra parte, en las descripciones se utilizan verbos que caracterizan a personajes, objetos o situaciones. Por ejemplo, los verbos ser, parecer, entre otros, indican rasgos propios del objeto o personaje que se describe, rasgos constitutivos de su esencia: Era alto y algo encorvado. El verbo tener, permite atribuirle rasgos al objeto: Tenía el cabello bien cortado.


10.     Contestar:
a) ¿Esta historia podría contarse en una secuencia de hechos dejando de lado la descripción del deterioro que va sufriendo el protagonista? ¿Por qué?

b)

11.     ¿Quién es el narrador de A la deriva?

El narrador omnisciente

El narrador es omnisciente cuando conoce todo lo que sucede en un relato, desde lo más importante hasta los mínimos detalles. Así, puede transmitir al lector lo que el personaje ve, pero también puede dar un panorama más amplio, ya que se introduce en la conciencia del personaje o los personajes, pudiendo decir lo que ellos desean, sienten y piensan.

La palabra omnisciente viene del latín, y quiere decir “que todo lo sabe”. En la literatura realista es muy frecuente la presencia de este tipo de narrador.

11- Cambia el final por un final feliz.
12-  crea un cuento en donde un personaje tenga un accidente o un ataque de animal. Intenta marcar las transformaciones que sufre y sus contratiempos.

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