martes, 11 de abril de 2017

El hombre muerto Horacio Quiroga


¨SEGUNDO AÑO SAN BLAS
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El hombre muerto             Horacio Quiroga

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Les Faltaban aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando… Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba…? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

El hombre muerto, 1920


"El hombre muerto"
Comprensión de la Lectura:
1. ¿Por qué estaba satisfecho el hombre?
2. Describa el accidente.
3. ¿Cómo describe el narrador al hombre recostado en la gramilla? ¿Cuál es el detalle que no parece "normal" ni "deseado"? (Note el uso de expresiones relacionadas con el deseo.)
4. ¿Quién narra comenzando en el párrafo: "La muerte. En el transcurso..." (309)? ¿Por qué la pregunta "¿Aún?"? ¿Con quién habla?
5. ¿Qué pasa con el tiempo en este cuento? Busque referencias al tiempo en el cuento. ¿Cuál es el efecto que busca el narrador?
6. ¿Qué preguntas se le ocurren al hombre "muerto"? ¿Qué le sorprende al hombre?
7. ¿Qué sabemos del hombre y de su vida en las Misiones?
8. ¿Por qué sólo mueve el caballo al final?
9. ¿Cuándo muere el hombre?
10. crea una noticia con título sobre el suceso.
11. crea un cuento con el ambiente de selva de este cuento. Al personaje le sucede algo.

lunes, 10 de abril de 2017

A la deriva, de Horacio Quiroga

PARA PRIMER AÑO San Blas y Esst Nº 1
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A la deriva                     Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
FIN

 Cuestionario  "A la deriva"
1. ¿Cómo comienza el cuento? ¿Con una descripción? ¿Con una acción? ¿Con diálogo?
2. ¿Qué se imaginan que es un "yararacusú"? Aunque no sepamos que es, ¿qué indicio nos ofrece el narrador para adivinar qué tipo de animal es?
3. ¿Cuáles son los detalles que nos da el narrador en los primeros párrafos y cuál parece ser el conflicto? ¿Cuáles son las emociones y el tono del cuento? ¿Cuáles son las sensaciones físicas que narra?
4. ¿Qué tiempo verbal domina el cuento, el pretérito o el imperfecto? Examinen el uso de los dos tiempos y expliquen el efecto del tiempo en el cuento. El tiempo en sí es importante en el cuento, ¿cómo?
5. ¿Qué decisión toma el hombre para buscar ayuda? ¿Cuáles son sus obstáculos?
6. ¿Qué es el Paraná y cómo lo describe el narrador?
7. ¿Cuál es el momento de crisis en el cuento donde todo cambia o toma su última dirección y desde ese punto el cuento va inexorablemente a su destino?
8. ¿Cómo cambia el tono en la última parte y por qué es distinto?
9. Discutan los motivos del viaje y del río y de lo de estar "a la deriva" y la muerte.
10. ¿Cómo es la muerte en este cuento?
11- Ensaya que cuidados debería haber tenido el hombre para evitar su accidente.
12- crea un cuento con una persona que tiene un accidente con un animal.
13- Realiza un dibujo sobre el cuento.


Historia de los dos que soñaron, Anónimo

 PARA PRIMER AÑO San Blas y Esst Nº 1

 (luego les agrego las preguntas que dicté en clase)

Historia de los dos que soñaron, Anónimo Resultado de imagen para los dos que soñaron sevilla madrid

De las historias más entretenidas, no debemos sacar ninguna conclusión. Hete aquí lo que ocurrió a don Farrandez, de Sevilla, que hijo de una gran fortuna era y todo lo había perdido. Entre el juego y la bebida, sólo la descascarada casa donde vivía y la parcela de tierra donde cabía su único limonero le restaban. Bajo el árbol, dormía con pena y sin pausa. Pero, en sueños, un hombre, oculto el rostro bajo una capucha negra, le dijo que en Madrid, la gran capital, en un jardín tres veces más grande que el suyo, encontraría un tesoro que lo haría rico en oro, plata y rubíes. Que con el tesoro, le dijo el desconocido en sus sueños la segunda noche, compraría un jardín cien veces más grande que aquel de Madrid en el que estaba enterrado. Que con el tesoro, le dijo a la cuarta noche, viviría por siempre ya sin necesitar cosa alguna. Vendió, pues, el hombre su descascarada casa y se guardó para sí sólo el pequeño trozo de tierra donde cabía el limonero, para tener donde caerse muerto si su sueño fracasaba. Y, con el dinero de la venta, marchó, en carruaje, a Madrid.
Llegó agotado y sediento pero, antes de beber o descansar, se dirigió a pie a la casa revelada en sueños. El desconocido le había indicado, con pelos y señales, el lugar de la casa y el sitio exacto del tesoro en el jardín. "No es mucho lo que hay que cavar". Llegó, pues, de noche y con pala. No se fijó, siquiera, si habitaban la casa, si dormía o no el dueño, si la cuidaba o no un perro. "Si el personaje de un sueño me revela un tesoro," -se dijo Farrandez- "no me lo habrán de quitar un perro o un hombre". Pero la realidad es la realidad y los sueños, sueños son. Y el ruido de la pala contra la tierra, y la agitada respiración de Farrandez, despertaron al dueño de casa.
Corrió hasta el intruso con un arma de fuego, apuntándole a la frente preguntó:
- ¿Qué haces en mi casa, a esta hora, cavando en mi jardín?
- Le ruego me disculpe - dijo nuestro soñador -. No soy un ladrón. Durante cuatro noches, en mis sueños, se ha aparecido un desconocido diciéndome que aquí mismo, en su casa, en su jardín, bajo esta tierra, reposa un tesoro de oro, plata y rubíes que me está destinado sólo a mí.
- Hombre necio - le contestó el adormilado dueño de casa - no cuatro sino cientos de noches, un hombre se ha presentado en mis sueños para decirme que, en Sevilla, bajo un limonero, me aguarda el más grande tesoro en oro, plata y rubíes que pueda encontrarse en toda España. Incluso, en las cuatro últimas noches, el hombre de mis sueños me ha dicho: "Apúrate, pues sólo resta el limonero". ¿Y crees que me he apresurado? ¿Crees que he prestado el menor crédito a mis alocados sueños? Si los hombres corriéramos tras las profecías de nuestros sueños, nos chocaríamos unos contra otros y el mundo sería un caos. Vete a dormir ya mismo, que yo haré otro tanto.
Sin perder un minuto, don Farrandez regresó a Sevilla, a su pequeño trozo de tierra y a su limonero. Llegó de madrugada y agotado, con la pala. No descansó, se puso a cavar de inmediato. Y, por supuesto, allí estaba su tesoro de oro, plata y rubíes


RESPONDER:
1- Describe el marco narrativo de la historia.
2- ¿Qué motiva el viaje de Farrandez? ¿Qué problema encuentra en su búsqueda? ¿Por qué deja un limonero para su propiedad y que importancia tiene en la historia?
3- ¿Qué diferencia tiene con el dueño de la casa en lo que sueña? ¿eso le da alguna ventaja final?
4- Opinión personal: a) los sueños: ¿pueden ser ciertos? ¿puede un sueño predecir lo que va a pasar? b) Cuenta un sueño que recuerdes.
5- Copia el significado de 5 palabras que no conozcas.
6- Copia del texto: 4 sustantivos, 1 sustantivo propio, 3 verbos y 4 adjetivos.
7- inventa un cuento con un sueño revelador o premonitorio.

                                                                                     ¡Buen trabajo, muchachos!!