viernes, 15 de julio de 2016

Continuidad de los parques Julio Cortázar tercero

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Continuidad de los parques                             Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
a) ¿Qué prioridad o importancia le da el lector al texto que está leyendo? (citá dos fragmentos que lo prueben).
 b) Describí lo más detalladamente el lugar donde está leyendo y su contexto.
 c) Atendiendo a esta frase “…la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba…” definí al lector: -¿es un tipo que toma distancia del texto y analiza los hechos mientras lee? -¿es un tipo que se olvida del mundo real y se sumerge en el argumento desando llegar al final? (más adelante aparecen otras frases que orientan en el mismo sentido).
 d) Cuando hayas terminado de leer el texto (y de haberlo comprendido) explicá el significado de la frase “…dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento”.
 e) ¿Qué tipo de novela está leyendo?
 f) ¿Cómo es el paisaje en que se encuentran los personajes en ese momento de la novela?
 g) Relacionalo con la descripción que hiciste en el punto b.
 h) ¿Qué intención tiene el protagonista de la novela?
 i) Hasta aquí el relato no presenta mayores complicaciones, pero cuando llegamos a la frase “se separaron en la puerta de la cabaña” ya no entendemos nada ¿Por qué?
 j) ¿A dónde se dirige el protagonista a continuación? (si no te das cuenta, esperá a llegar al final).
 k) ¿Quién le suministra los datos necesarios para guiarse?
 l) Para sorpresa del lector ¿quién termina siendo la víctima?
 m) Si pensamos que el mundo del lector de la novela pertenece al plano “de lo real” y el mundo de los personajes al plano de “lo ficcional” ¿qué ha ocurrido entre ambos planos?
 n) ¿Qué consecuencia inquietante arroja esta conclusión con respecto a vos como lector?
 o) Indagá en la web los conceptos de “lector macho o activo” o “lector hembra o pasivo” del propio Cortázar y vinculalo con el relato.
 p) Busca el concepto de “metalepsis narrativa”.
 q) Dale un sentido al título del cuento.

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 para segundo año san blas con consignas
 al final


Julio Cortazar                                                                                  La noche boca arriba
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

 Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

CUESTIONARIO                               1. ¿Qué consecuencias tuvo el choque para el motociclista y para la mujer? 2. ¿Cuántos conflictos se presentan? ¿Existe conexión entre ellos? ¿Cuál?
3. ¿Cuáles son los dos planos entre los que oscila el protagonista? ¿Cómo se produce el pasaje entre uno y otro? ¿Cuál es el real? 3.1. ¿Qué situaciones vive el hombre en el hospital, de la llegada hasta la operación?
4. ¿Por qué se titula "La noche boca arriba"? ¿Qué relación existe entre el contenido y el epígrafe que lo precede?
5. ¿Qué tipo de guerra se libraba en la selva? ¿En qué consistía y qué fin perseguía? ¿Qué posibilidad de sobrevivir tenía el fugitivo?
6. ¿Qué plano transmite angustia al personaje y cuál representa un remanso?
7. ¿Qué ejemplos de imprecisión descriptiva, como indicios, permiten anticipar el final?
8. ¿En qué momento el narrador ve con rareza las escenas del siglo XX? ¿Por qué?
9. ¿Cómo se caracterizan el mundo indígena y el moderno? 10. ¿Qué valor se le da a la luz y a la oscuridad en el texto? ¿Cuál se identifica con cada plano?

miércoles, 18 de mayo de 2016

Mito de Dionisos mas tp



Mito de Dionisos mas tp

Desde la más remota antigüedad, el ser humano intentó explicar los hechos que no comprendía y, de esa manera, calmar los miedos que les producían el trueno, el rayo y otros fenómenos naturales; así como intentar una explicación al origen del hombre y del universo y las relaciones entre el hombre y lo divino. Cuando el poeta griego Homero escribe La Ilíada y La Odisea (siglo IX a.C.) narra el origen mítico de dioses y semidioses de su patria. Esos relatos fabulosos, generalmente de carácter sagrado, y transmitidos de padres a hijos; constituyen los mitos.
Dice el escritor Anderson Imbert: “El mito está entre la religión y la ficción. Tiene la forma de una pregunta y una respuesta. El hombre pregunta: “¿Qué significa la luz del día y la oscuridad de la noche?”, y una voz anónima responde: “Que Dios puso al sol en medio del cielo para que…, etc.”
Es una narración que se ha dado muchas veces (mito, en griego, significa “algo dicho”) para explicar, con la intervención de seres misteriosos, el origen y sentido del universo. El mito viene a satisfacer, no sólo la necesidad de conocimiento, sino también la necesidad, mucho más irracional, de la fantasía.

Enrique Anderson Imbert, Teoría y técnica del cuento, Marymar, Buenos Aires, 1979.
Los griegos fueron los grandes inventores de mitos, dioses y héroes. La mitología griega está llena de fabulosos personajes a quienes hacían responsables de las desgracias, vicios, virtudes y de las leyes naturales del universo. Disney hizo películas con ellos, por ejemplo, “Hércules”.
El mito es un relato tradicional, folclórico; en consecuencia, es oral, anónimo y popular. Al ser transmitidos de boca en boca, corren el riesgo de ser olvidados, por ello se los registró por escrito, lo que ha permitido que llegaran hasta nosotros y así, conocerlos.
En los mitos los sucesos están presentados como mágicos; generalmente hay dioses, y héroes con poderes sobrenaturales que realizan las hazañas. También aparecen dioses menores: musas, ninfas, náyades, etc. y monstruos como los cíclopes (gigantes con un solo ojo en la frente), el Centauro (mitad hombre, mitad caballo), el Minotauro (con cabeza de toro y cuerpo de hombre) y las sirenas (torso de mujer y cola de pez), etc.
El tiempo en que transcurre la acción es un pasado remoto y el espacio no está generalmente precisado. Dado que en el mito la intención es lograr un bello relato, predomina la función literaria y la trama es narrativa.
El mito se diferencia de la leyenda por su relación con lo sagrado. Sus protagonistas son dioses o héroes ligados a los dioses. En las leyendas, si bien aparecen seres sobrenaturales, los hechos que narran no se consideran sagrados y a sus personajes no se les rinde culto.

El mito de Dionisos
Zeus, dios del Olimpo, traicionó a su esposa, Hera, al enamorarse de la princesa Semele, hija de Cadmo, rey mortal de Tebas, y de Hermione, divinidad hija de Marte y de Venus.
El todopoderoso Zeus, como prueba de amor, prometió a la princesa Semele la inmortalidad jurando por las aguas del río Estigia.
Al descubrir Hera la traición y el juramento, buscó perder a la princesa. Para ello tomó la forma de su nodriza e indujo a la joven a pedir ver al gran dios tal cual era, sabiendo que ningún mortal sobreviviría a la visión divina.
Semele cayó en la trampa. Zeus, sin sospechar nada, apareció en toda su gloria, resplandeciente como el sol. Al mostrarse en todo su esplendor, el palacio se incendió y Semele murió entre las llamas.
La princesa llevaba en su vientre un hijo de Zeus. Ayudado por Hefestos, dios del fuego y del metal, el padre extrajo de entre las cenizas de la infeliz tebana, al niño y lo cosió en su propio muslo, transformado en un útero materno, para que allí completara su gestación. Llegado el momento, el pequeño rasgó la carne paterna y surgió a la vida. A este mitológico bebé se lo conoció como Dionisos o Dionisio.
El niño no vivió en el Olimpo durante su infancia debido a los tenaces celos de Hera que no perdonaba a Zeus su traición. Mercurio, el consejero de los dioses, llevó a Dionisos a una ciudad fabulosa de Oriente, lejos de la persecución de Hera. Este lugar, rodeado por el valle más hermoso del mundo antiguo estaba habitado por las ninfas quienes se encargaron del cuidado del pequeño.
Al llegar a la juventud, Dionisos paseando por el valle, descubrió una fruta desconocida, la uva. Y lo más importante, descubrió cómo hacer vino con ella. Por ser hijo de madre mortal, Dionisos no era aceptado entre los dioses; pero tan pronto percibió los efectos de la bebida que había inventado, decidió utilizarla para poder ingresar al Olimpo. Terminado el período de su educación y alcanzada la mayoría de edad, emprendió un viaje por el mundo e inició el camino de la gloria apoyado por la poderosa arma que había descubierto: el zumo de la vid. La embriaguez que le producía el vino lo incitaba a cantar y a bailar alegremente junto con su séquito. Comenzaron a cultivar la vid y cuando los racimos maduraban, obtenían el vino aplastándolos en medio de cantos y danzas.
Por esto, en la mitología griega, el nacimiento, juventud y adultez del dios representan el nacimiento, crecimiento y maduración de la vid; y la embriaguez, la alegría del dios.
Dionisos adquirió gran popularidad y fue honrado como el dios del vino en las fiestas dionisias o dionisíacas, muy parecidas al carnaval de hoy. En Roma se lo llamó Baco y se lo homenajeaba con las fiestas báquicas.

Actividades    Antes de comenzar a responder, lee atentamente la siguiente teoría:  La secuencia narrativa
La trama narrativa presenta los hechos en una secuencia temporal. En todas las narraciones hay acciones básicas, los núcleos, que hacen avanzar el relato. Estas acciones principales constituyen la columna vertebral del relato. No pueden alterarse ni suprimirse porque cambiaría la historia. Para comprender y producir textos es importante identificarlos.
Las acciones secundarias, en cambio, pueden cambiarse o suprimirse sin que se altere básicamente la historia. Estas acciones son importantes, sin embargo, porque hacen más interesante el relato con los detalles que proporcionan y provocan suspenso y mayor interés al demorar el paso de un núcleo al otro.
Los núcleos o acciones principales y las acciones secundarias, que se suceden en un orden temporal y lógico (causa-consecuencia), constituyen la secuencia narrativa.
Para consignar la secuencia narrativa se utilizan oraciones unimembres, para lo cual deben convertirse los verbos en sustantivos (nominalización).

Ejemplo:                      Zeus traiciona a Hera.     =        Traición de Zeus.
Ahora responde y completa:
1- ¿Qué motivó la invención de mitos? ¿Quiénes los utilizaron mucho en su cultura? ¿Qué explicaban los mitos? ¿Qué características tienen los mitos? ¿Cómo se diferencian de las leyendas?
a) ¿Qué defectos humanos presentan Zeus y Hera?
b) ¿Qué promesa hizo Zeus a su amada Semele? ¿La cumplió?
c) Hera, la esposa de Zeus, ¿qué hizo para tomar venganza? ¿Lo logró completamente?
d) ¿Cuál fue el destino del hijo nonato de Semele?
e) ¿Por qué Dionisos no pudo crecer en el Olimpo junto a su padre?
f) ¿Por qué razón Dionisos no era aceptado entre los dioses? ¿Cómo logra finalmente su aceptación?
g) Completen la secuencia narrativa:
1. Traición de Zeus.
2. …………………………………
3. …………………………………
4. Salvación del niño.
5. Educación de Dionisos lejos del Olimpo.
6. …………………………………
7. Popularidad de Dionisos.

Investiga: a- ¿De quién era hijo Zeus? ¿Cómo se diferencia Dionisios de Baco?
b- Realiza un árbol genealógico de los dioses y uno personal

martes, 5 de abril de 2016

Cuentos de Elsa bornemann y tp



SEGUNDO AÑO GRUPAL,Cuentos de Elsa bornemann                   LOS MUYINS1



En la época en que Kenzo Kobayashi vivía en Tokyo y era un muchachito acaso de tu misma edad, no existía la luz eléctrica. Ni calles, ni cami­nos, ni carreteras estaban iluminados como hoy en día.
Por eso, a partir del anochecer, quienes salían fuera de las casas debían hacerlo provistos de sus propias linternas. Era así como bellos faroles de papel podían verse aquí o allá, encendiendo la negrura con sus frágiles lucecitas. Y como decían que la negrura era especialmente negra en las lo­mas de Akasaka —cerca de donde vivía Kenzo— y que se oían por allí —durante las noches— los más extraños quejidos, nadie se animaba a atravesarlas si no era bajo la serena protección del sol.
De un lado de las lomas había un antiguo canal, ancho y de aguas profundas y a partir de cuyas orillas se elevaban unas barrancas de espesa vegetación. Del otro lado de las lomas, se alzaban los imponentes paredones de uno de los palacios imperiales.
Toda la zona era muy solitaria no bien comenza­ba a despegarse la noche desde los cielos. Cual­quiera que —por algún motivo— se veía sorprendi­do cerca de las lomas al oscurecer, era capaz —entonces— de hacer un extenso rodeo, de cami­nar de más, para desviarse de ellas y no tener que cruzarlas.
Kenzo era una criatura muy imaginativa. Lo vol­vían loco los cuentos de hadas y cuanta historia extraordinaria solía narrarle su abuela.
Por eso, cuando ella le reveló la verdadera causa debido a la cual nadie se atrevía a atravesar las lomas durante la noche, Kenzo ya no pensó en otra cosa que en armarse de valor y hacerlo él mismo algún día.
—Los muyins. Por allá andan los muyins entre las sombras —le había contado su abuela, al conside­rar que su nieto ya era lo suficientemente grandecito como para enterarse de los misterios de su tierra natal—. Son animales fantásticos. De la montaña. Bajan para sembrar el espanto entre los hombres. Les encanta burlarse mediante el terror. Aunque son capaces de tomar apariencias humanas, no hay que dejarse ensañar, Kenzo; las lomas están plaga­das de muyins. A los pocos desdichados que se les aparecieron, casi no viven —después— para con­tarlo, debido al susto. Que nunca se te ocurra cruzar esa zona de noche, Kenzo; te lo prohibo, ¿entendiste?
La curiosidad por conocer a los muyins crecía en el chico a medida que su madre iba marcando una rayita más sobre su cabeza y contra una columna de madera de la casa, como solía hacerlo para medir su altura dos o tres veces por año.
Una tarde, Kenzo decidió que ya había crecido lo suficiente como para visitar las lomas que tanto lo intrigaban. (En secreto —claro— no iban a darle permiso para exponerse a semejantes riesgos.)
Los muyins... Podría decirse que Kenzo estaba obsesionado por verlos, a pesar de que le daba miedo —y mucho— que se cumpliera su deseo. Y con esa sensación doble partió aquella tarde rumbo a las famosas lomas de Akasaka, con el propósi­to de recorrerlas sin otra compañía que la de su propia linterna.
Obviamente, a su mamá le mintió y así consiguió que lo dejara salir solo: —Encontré al tío Kentaro en el mercado; me pidió que lo ayude a trenzar bambúes. También se lo pidió a los primos Endo. Está atrasado con el trabajo y dice que así podrá termi­narlo para mañana, como prometió. Me voy a que­dar a dormir en su casa, madre.
El tío Kentaro vivía en las inmediaciones del antiguo canal, por lo que la mamá de Kenzo no dudó en permitirle que pasara la noche allá.
—Ni sueñes con volver hoy. Mañana, cuando el sol ya esté bien alto, ¿eh?
En aquella época, tampoco existían los teléfo­nos, de modo que la mentira de Kenzo tenía pocas probabilidades de ser descubierta. Además, no era un muchacho mentiroso: ¿por qué dudar de sus palabras?
Apenas comenzaba a esconderse el sol cuando Kenzo arribó a las lomas. Debió aguardar un buen rato para encender su linterna. Pero cuando la encendió, ya se encontraba en la mitad de aquella zona y de la oscuridad.
Se desplazaba muy lentamente, un poco debi­do al temor de ser sorprendido por algún muyin y otro poco, a causa de que la lucecita de su linterna apenas si le permitía ver a un metro de distancia.
De pronto, se sobresaltó. Unas pisadas ligeras, unos pasitos suaves parecían haber empezado a seguirlo.
Kenzo se volvió varias veces, pero no bien se daba vuelta los pasos cesaban. Y él no alcanzaba a descubrir nada ni a nadie. Era como si alguien se ocultara en el mismo instante en que el muchacho intentaba tomarlo desprevenido con su luz por­tátil.
Sí, era indudable que alguien se escondía entre los arbustos. Y que desde los arbustos podía ob­servarlo claramente a él: el simpático rostro de Kenzo se destacaba entre aquella negrura, cálida­mente iluminado por la linterna.
Durante dos o tres fines de semana más, este episodio se repitió tal cual. Kenzo continuaba con las mentiras a su madre para poder volver a las lomas. ¿Sería un muyin esa silenciosa y perturba­dora presencia que lo seguía y lo espiaba? Y si era así, ¿por qué se mantenía oculto?, ¿por qué no lo atacaba de una buena vez, apareciéndosele —de golpe— para darle un susto mortal, como decían que a esos seres les divertía hacer?
Al fin, una noche, Kenzo iluminó una pequeña silueta femenina que se mantenía agachada junto al canal. La veía de espaldas a él. Estaba sola allí y sollozaba con infinita tristeza. Parecía la voz de un pájaro desamparado.
Con desconcierto pero igualmente conmovido, el muchacho prosiguió con su inesperada inspec­ción, mientras ella aparentaba no tomar en cuenta su proximidad: continuaba de rodillas junto a la orilla del canal, gimiendo.
Era una niña de la edad de Kenzo. Estaba vestida con sumo refinamiento. También su peinado era el típico de las jovencitas de muy acomodada fa­milia.
La confusión de Kenzo se iba convirtiendo en gigante: ¿Qué hacía esa mujercita allí, sola, nada menos que en aquella zona y a esas horas de la noche?
De pronto, se animó y caminó hacia ella. Si una nena era capaz de internarse en las lomas, con más razón él, ¿no?
El muchacho le habló, entonces, pero ella tam­poco se dio vuelta.
Ahora ocultaba su carita entre los pliegues de una de las mangas de su precioso kimono y su llanto había crecido. ¿Un pichón de hada perdido a la intemperie, tal vez?
Kenzo le rozó apenas un hombro, muy suave­mente.
—Pequeña dama —le dijo entonces—. No llore, así, por favor, ¿Qué le pasa? ¡Quiero ayudarla! ¡Cuénte­me qué le sucede!
Ella seguía gimiendo y tapándose el rostro.
—Distinguida señorita, le suplico que me con­teste.
Aunque proveniente de una modesta familia campesina, la educación de Kenzo no había de­pendido de la mayor o menor riqueza que po­seyeran sus padres sino de que ellos valoraban —por sobre todo— la educación de sus hijos. Por eso, él podía expresarse con modales gentiles y palabras elegidas para acariciar los oídos de cual­quier damita. Insistió, entonces:
—Le repito, honorable señorita, permita que le ofrezca mi ayuda. No llore más, se lo ruego. O —al menos— dígame por qué llora así.
La niña se dio vuelta muy lentamente, aunque mantenía su carita tapada por la manga del kimono.
Kenzo la alumbró de lleno con su linterna y fue en ese momento que ella dejó deslizar la manga ape­nas, apenitas.
El muchacho contempló entonces una frente perfecta, amplia, hermosa.
Pero la niña lloraba, seguía llorando.
Ahora, su voz sonaba más que nunca como la de un pájaro desamparado.
Kenzo reiteró su ruego; su corazón comenzaba a sentirse intensamente atraído por esa voz, por esa personita. Una sensación rara que jamás había experimentado antes lo invadía.
—Cuénteme qué le sucede, por favor...
Salvo la frente —que mantenía descubierta— ella seguía ocultándose cuando —por fin— le dijo:
—Oh... Lamento no poder contarte nada... Hice una promesa de guardar silencio acerca de lo que me pasa... Pero lo que sí puedo decirte es que fui yo quien te ha estado siguiendo durante estos días. No me animaba a hablarte, pero ahora siento que podemos ser amigos... ¿No es cierto?
Kenzo le tocó apenitas el pelo: pura seda.
En ese instante fue cuando ella dejó caer la manga por completo y el chico —horrorizado— vio que su rostro carecía de cejas, que no tenía pesta­ñas ni ojos, que le faltaban la nariz, la boca, el mentón... Cara lisa. Completamente lisa. Y desde esa especie de gran huevo inexpresivo partieron unos chillidos burlones y —enseguida— una carcajada que parecía que no iba a tener fin.
Kenzo dio un grito y salió corriendo entre la negrura que volvía a empaquetarlo todo.
Su linterna, rota y apagada, quedó tirada junto al canal.
Y Kenzo, corrió, corrió, corrió. Espantado. Y co­rrió y corrió, mientras aquella carcajada seguía re­sonando en el silencio.
Frente a él y su carrera, solamente ese túnel de la oscuridad que el chico imaginaba sin fondo, como su miedo.
De repente —y cuando ya lo perdían las fuerzas— vio las luces de varias linternas a lo lejos, casi donde las lomas se fundían con los murallones del castillo imperial.
Desesperado, se dirigió hacia allí en busca de auxilio. Cayó de bruces cerca de lo que parecía un campamento de vendedores ambulantes, echa­dos a un costado del camino.
Todos estaban de espaldas cuando Kenzo lle­gó. Parecían dormitar, sentados de caras hacia el castillo.
—¡Socorro! ¡Socorro! —exclamó el muchacho—. ¡Oh! ¡Oh! —y no podía decir más.
—¿Qué te pasa? —le preguntó, bruscamente— el que —visto por detrás— parecía el más viejo del grupo. Los demás, permanecían en silencio.
—¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Qué horror! ¡Yo!... —Kenzo no lograba explicar lo que le había sucedido, tan asustado como estaba.
—¿Te hirió alguien?
—No... No... Pero... ¡Oh!
—¿Te asaltaron, tal vez?
—No... Oh, no...
—Entonces, sólo te asustaron, ¿eh? —le preguntó nuevamente con aspereza— ése que parecía el más viejo del grupo.
—Es que... ¡Suerte encontrarlos a ustedes! ¡Oh! ¡Qué espanto! Encontré una niña junto al canal y ella era... ella me mostró... Ah, no; nunca podré contar lo que ella me mostró... Me congela el alma de sólo recordarlo... Si usted supiera...
Entonces, como si todos los integrantes de aquel grupo se hubieran puesto de acuerdo a una orden no dada, todos se dieron vuelta y miraron a Kenzo, con sus rostros iluminados desde los men­tones con las luces de las linternas. El viejo se reía a carcajadas, estremecedoras como las de aquella niña, mientras le decía:
—¿Era algo como esto lo que ella te mostró?
Las carcajadas de los demás acompañaron la pregunta.
Kenzo vio entonces —aterrorizado— diez o doce caras tan lisas como las de la niña del canal. Durante apenas un instante las vio porque —de inmediato—todas las linternas se apagaron y el coro —como de pajarracos— cesó y el muchacho quedó solo, pri­sionero de la oscuridad y del silencio, hasta que el sol del amanecer lo devolvió a la vida y a su casa.
Los muyins jamás volvieron a recibir su visita.


Textos recopilados del libro ¡Socorro! de Elsa Bornemann

LA DEL ONCE "JOTA


Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ningu­no de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del acci­dente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth —la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por su­puesto— porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.

Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó sólita en aquel 11 "J", contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.
Lili era vendedora en una tienda y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche —no bien acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresal­tada. Una pesadilla que no lograba recordar, aca­so. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco minu­tos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó —fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos—.
—Liiilibeeeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth... Liiiiiii... Liiiii... Ag.
La jovencita encendió el velador, la radio y aban­donó el lecho, indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, des­pués de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero a la mañana siguiente— lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través del teléfono— le anunciaron:
—Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tie­ne que hacerse cargo de... Quedáte tranquila, ne­na... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11 "J" la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.
—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela se había comprado tv-color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultra modernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como aton­tada. Y como atontada recibió —el sábado siguien­te— los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible. (La otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?)

Más de dos meses transcurrieron en los almana­ques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día, superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth como su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar —también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acos­tumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento —des­pués de su jornada de trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se des­pertaba antes del amanecer a causa del "schschsch" que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces —cerca de la madrugada de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cu­brecama —medio dormida— tratando de ubicar la cajita del control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chi­rriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron —de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera —siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 "J" como un huésped favorito.
La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.
—¿Me estaré volviendo loca? —se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que to­dos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.
Y anotó —entonces— entre muchas otras cosas que...
"La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo... (...) El aparato pone en acción "sus propios planes", moviéndose hacia donde se le antoja... (...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha "por su cuenta", mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (...) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador... (...) La des­dentada imagen de la abuela continúa aparecien­do y desapareciendo —de pronto— en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche... (...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre eriza­do (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante esta siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa..." (AQUÍ CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH. ABRUPTAMENTE, y UN TRAZO DE BOLÍGRA­FO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA "A" HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a esa "sies­ta dominguera".
Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresalta­ron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 "J", mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.
—No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su co­rrespondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desespera­ción. Y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento —pero extraña­mente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.
En la cocina, "la montaña" de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor girato­rio y medio colgando hacia afuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, ade­más de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y empa­pando los pisos.

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de dia­rios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía. (Se lo llevó Leandro.)
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que "vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros"... "una loca suelta más"... "La loca del 11 Jota"... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para la que yo trabajo me envió a hacer esta nota.

consignas


Hagan una atenta lectura individual del cuento, y luego una grupal. Luego, respondan a las siguientes consignas:


1- Responda las siguientes preguntas para comprender mejor el texto

¿En qué tiempo y lugar ocurre la historia? ¿Cómo se dio cuenta?
¿Quién es el o los personajes principales? ¿Y los secundarios?
¿Qué tipo de fenómeno inexplicable o fantástico ocurre en la historia?
¿Cuál es el punto de máximo suspenso (clímax) al que llega el cuento?

2- Haga un resumen de 10 a 15 renglones contando lo ocurrido en el cuento.
3-Busque tres ejemplos que indiquen claramente qué tipo de narrador (primera o tercera persona) se ajusta mejor al narrador su cuento.
4-Tome un párrafo del cuento y realice el cambio de narrador. Trate de que el párrafo elegido no sea demasiado breve.
5- Copie una lista de 20 adjetivos y clasifíquelos.
6- En estos cuentos hay elementos realistas y elementos maravillosos. Indique cuáles son estos elementos, teniendo en cuenta las características de cuento realista y cuento maravilloso.
7- Escriba 5 oraciones basándose en los hechos del cuento, y analícelas sintácticamente. Recuerde que estas oraciones deben incluir todos los elementos (modificadores del sujeto, predicado, sujeto tácito, etc.)
8- Modifique el final de la historia. El final inventado no puede tener menos de 10 renglones.
9- En todos estos cuentos hay un personaje irreal o fantástico (fantasmas, robots, zombies, criaturas legendarias). Teniendo en cuenta lo leído, haga una descripción escrita de este personaje que contenga elementos psicológicos y elementos físicos.
10- Realice un dibujo de este personaje fantástico.
11- ¿Alguno de ustedes presenció una experiencia sobrenatural? Si la tuvo, nárrela. Si no la tuvo, invente una. La extensión no puede ser menor a 10 renglones.
12- Busque una pequeña biografía de la autora de estos cuentos: Elsa Bornemann.
13- El punto final de este trabajo es oral: el día de la presentación de los trabajos prácticos, un miembro de cada grupo deberá contar al resto de la clase, brevemente, cómo fue la experiencia de trabajar en grupo, qué punto les costó más realizar, cuáles fueron los puntos que les resultaron más entretenidos, etc.
Los cuentos maravillosos tienen características que se repiten en mayor o menor medida:
* Existe un elemento mágico que le da un poder al protagonista (una capa, un sombrero, bebidas mágicas, etc).
* Las historias no se desarrollan en un tiempo y espacio determinados. Por ejemplo: "Había una vez, en un lejano país..."
* No se respetan las leyes de la naturaleza. Por ejemplo: animales que hablan; hombres invisibles; etc.
* Se exageran las características de las personas (muy buenos, muy malos , muy avaros, muy valientes, muy hermosos, muy feos, etc.). También hay personajes que encarnan a la Muerte, a Dios o al Diablo.
* La apertura y el cierre del cuento son más o menos con las mismas frases: "Había una vez...", "Erase una vez...", "...Y vivieron felices para siempre.", "Colorín colorado...", etc.
* Hay repeticiones de números como cábalas. Por ejemplo: tiene que superar tres pruebas, se piden tres deseos, debe resolver siete enigmas, etc.
* Existen seres maravillosos (brujas, gnomos, hadas, ogros, etc.) que viven e interactúan con los humanos.
* Hay marcados contrastes entre los personajes: bueno/malo, viejo/joven, hombre/monstruo, etc.
* La acción se concentra en el personaje principal que no hace cosas inesperadas sino que actúa siempre de la manera correcta.
* Siempre hay prohibiciones que el héroe debe recordar para lograr su objetivo.




1 Versión libérrima de "Muyina", leyenda japonesa.