jueves, 3 de noviembre de 2016

yarará como manguera



Un cuento de Navidad ,de Mempo Giardinelli

Todos los años, para esta fecha, me da por acordarme de aquel diciembre, tórrido y húmedo como éste. Habían caído lluvias como para el campeonato mundial y nosotros volvíamos de Samuhú. Mi papá, al volante de su Ford ‘40 negro y con gomas pantaneras, para mí era Súperman. El Tano Poletti fumaba a su lado y yo iba sentadito en el asiento de atrás, cubierto de polvo y atento a los bichos que a la hora del crepúsculo entraban por las ventanillas como municiones; eran lo único malo de viajar por esos caminos de tierra y lodo. Uno iba ahí como en un barco, meta dar bandazos como muñequito con resorte. Pero yo tenía ocho años y me encantaba ese ritual decembrino que seguía a la terminación de las clases.
Los caminos del Chaco y de Formosa eran horribles: apenas huellas abiertas por los camiones cargados de algodón que salían de las chacras. Pero mi viejo los conocía metro a metro porque era viajante de comercio de un montón de productos que introdujo en los 40 y 50: marcas como Nestlé, Terrabusi, Aguila, los vinos Norton y el agua mineral.
Aquella tarde del 24 hacía un calor de mil infiernos y el Ford bufaba recalentado, jalando esforzadamente el acopladito de dos ruedas que mi viejo enganchaba del paragolpes trasero. En la cabina el humor era espeso, porque eran las ocho de la noche y queríamos llegar a casa a las once, pero por los pozos y barriales apenas se podía ir a veinte por hora y encima ya habíamos pinchado dos veces y no teníamos más cubiertas de repuesto.
De pronto el Ford pegó un brinco y pareció que se iba a la cuneta. Papá lo contuvo de un volantazo mientras frenaba y yo en el acto me di cuenta: habíamos pinchado nuevamente. “Se jodió la fiesta”, anunció. El Tano escupió tabaco y se rió: “¡Buon Natale con acqua!” y miró para atrás y me regaló un guiño. El acopladito estaba lleno de botellas de agua mineral.
Mi viejo se bajó a mirar la goma destrozada y el Tano se fue a orinar entre unos yuyos. Cuando se dio vuelta para regresar, de pronto pegó un salto en el aire mientras soltaba una puteada en dialecto y gritaba: “¡Una víbora, hic’una putana, una yarará como manguera!”.
En el mismo segundo en que el Tano caía, mi papá metió la mano bajo el asiento, sacó un machete y se estiró sobre el Tano y le encajó a la víbora primero un planazo y luego un a fondo de filo que la descabezó. “¡No bajés que pueden andar en yunta!”, me gritó a mí y jaló al Tano hasta el coche. Este gritaba, desesperado, que por favor no lo dejara morir.
Papá, velozmente, lo ayudó a acostarse en el asiento. En silencio y sin hacer caso de sus gritos, le agarró la pierna, le quitó la media y el zapato, le miró la picadura sobre el tobillo y tras decirle ahora aguantáte le encajó un mordiscón y empezó a chupar. Lo hizo sin asco, mecánicamente y como si no fuese la primera vez. Chupaba y escupía. Se pasaba el brazo por la boca y volvía a chupar y a escupir. Así varias veces y al final echó tabaco picado sobre la herida. Después le desgarró el pantalón hasta la rodilla, se quitó la camisa, la rompió en tiras y empezó a hacerle un torniquete abajo del menisco. El Tano gritaba como las monas cuando andan con cría. Tenía un susto tan grande que lloraba preguntando si estaba seguro de haber matado a esa guacha. Calláte y dejáme, decía papá mientras pasaba un destornillador por entre el nudo de las telas y lo giraba lento y firme apretando músculos y venas para impedir que la sangre envenenada subiese al resto del cuerpo.
La herida era chiquita, como ojos de japonés, dos rayitas que parecían cosa de nada. Pero ellos sabían que no era nomás lo que parecía. El Tano aullaba a cada vuelta del torniquete y se agarraba de la puerta del coche soportando el dolor. Y en ningún momento dejó de putear. Yo miraba todo con ojos como palanganas, fascinado por la desesperación del Tano y la concentración y diligencia de mi viejo. Desde el asiento de atrás podía ver, también, el lomo gris-verdoso de la yarará muerta, ancho como de cinco centímetros.
Después mi viejo sacó el cortaplumas y sin hacer caso de los gritos del Tano agrandó la herida, que ya se empezaba a amoratar. Apretó un poco más para que manase sangre mientras decía no te marees, Tano, no te marees. Yo había escuchado conversaciones sobre picaduras de yarará y aunque jamás había visto una sabía que si el atacado se marea, ve turbio y se le aflauta la voz es hombre muerto.
Por eso me tranquilicé cuando de golpe el Tano se desmayó. Papá me hizo pasar adelante y lo extendió sobre el asiento trasero. Después se hizo unos buches con ginebra Llave y enseguida se mandó media botella y empezó a putear él también. Sólo un rato después pateó la víbora hacia la banquina, se sentó al volante y me tomó de la cabeza y me abrazó.
–Navidad de mierda que vamos a pasar.
–¿Se va a morir?
–Si pasa alguien, capaz que con suero lo salvan. ¿Pero quién va a pasar por aquí?
El sabía que justo ese día y a esa hora la respuesta era nadie. Con voz grave dijo que esa Navidad sólo teníamos agua mineral y un amigo en emergencia. Y que si acaso mi vieja tenía razón y Dios existía, entonces que le rezara por el Tano.
Al rato trajo dos botellas. Como estaban calientes, las puso sobre el techo. También sacó un paquete de galletitas y me lo dio. El Tano deliró un rato, con una fiebre altísima. Papá le pasaba un pañuelo húmedo por la frente y le mojaba los labios. Cuando vio que eran las doce me abrazó fuerte y yo me di cuenta de que lloraba.
Las noches de verano no son largas en el Chaco y aquella además fue luminosa, impresionante, de esas en las que parece que el firmamento bajara hasta ponerse al alcance de la mano. El cielo estrellado era espectacular y hasta pude ver una mancha blanca que papá me dijo que era la vía láctea. Era tan lindo que yo pensé que todo iba a salir bien, además aquel verano todo el mundo andaba optimista y el Tano y mi viejo planeaban hacer guita grossa.
Después papá me ordenó que durmiera y yo cerré los ojos. Al ratito se fue al asiento trasero y lo abrazó al Tano, que parecía dormir. El viejo lo sostenía entre sus brazos como esas vírgenes de las estampitas que lo tienen así a Jesús. Y después no sé qué pasó: yo recé un montón hasta que me quedé dormido.
Cuando amanecía y el sol comenzaba a picar nos encontraron unos paisanos en un tractor. Venían medio mamados y no entendieron nada: el Tano estaba como dormido y con la boca abierta, en brazos de mi viejo, y yo espantaba las moscas hablando solito, regular como un sapo, aterrorizado porque había visto a la Muerte por primera vez.


Cuestionario: 
1- ¿CCómo es el lugar en donde sucede? ¿Se marca algún tiempo del suceso?
2- ¿Cómo son los personajes?
3- ¿Qué tipo de narrador presenta la historia? Repite un párrafo cambiando de narrador. Señalalo.
4- ¿Qué problema les sucede? ¿Lo resuelven? ¿Por qué?
5- Extrae y transcribe dos descripciones de lugar o personaje.
6- pasa dos párrafos a presente y luego a futuro. 
7- escribe un cuento con alguien que se confía mucho de los animales.
8- Escribe un cuento que suceda en navidad.

La madre de Ernesto Autor: Abelardo Castillo



La madre de Ernesto  Autor: Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sen­tir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, por­que no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella esta­ción de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofen­sivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se trans­formaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocía­mos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
– ¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
– ¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la ma­dre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conse­guir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos ani­mábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha tam­bién pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado jun­tos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos ve­níamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de ma­ternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos no­sotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuel­to. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo mons­truosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aní­bal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez mi­nutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son lar­gos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estóma­go: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepo­tente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los prime­ros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los ha­bía visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acor­daba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
– ¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
– ¿Y si nos hace echar?
– ¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estre­cha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, ha­blaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus pier­nas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso co­mo cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resopli­do, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro sa­lió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocu­rrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua salien­do de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Er­nesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Ru­bia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vaga­mente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a son­reír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella en­tonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al prin­cipio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Di­jo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Sobre del autor.
Abelardo Castillo (San Pedro Provincia de Buenos Aires, 27 de marzo de 1935) es un escritor argentino.

Actividades:

1- ¿Qué tipo de narrador tiene el cuento? ¿Qué punto de vista adopta? Justifique con citas textuales.
2. ¿Cuál es la situación actual del narrador? Ejemplifiquen con datos del texto.
3. Este cuento tiene un marcado carácter confesional ¿Por qué crees que el narrador elige esta modalidad?
4. Extraiga las palabras utilizadas por los diferentes personajes para referirse a la mamá de Ernesto ¿Qué carga semántica poseen? ¿Qué prejuicios sociales reflejan?
5. Rastree en el texto y luego transcriban fragmentos que hagan alusión a la mirada ¿Todas connotan lo mismo? ¿Por qué? ¿Qué importancia tienen para el cuento?
6. En el mundo de los adolescente hay una constante lucha entre el SER y el PARECER. ¿Cómo se manifiesta esta dicotomía en los protagonistas del cuento?
7. ¿Qué tema y valores se trabajan en este cuento?

viernes, 26 de agosto de 2016

primer año, lo prometido, una practica de prueba de 2do trimestre




 TIC TAC SEGUNDO TRIMESTRE


PRACTICA DE EVALUACIÓN DE PRACTICAS DEL LENGUAJE   1RO                   CURSO                  ALUMNO
Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo. Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día.
Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos de rozar contra la puerta de la colmena.
1- a señala en el texto sustantivos y adjetivos.
    b- Definir sustantivos y adjetivos.
    c- ¿Cómo es la abeja del texto?  Luego escribe un breve relato desde el yo de una abeja.
 2- a) sustantivos y adjetivos: identifica cada clase de palabra y clasifícalos
pájaro, pelota, rojo, Alberto, cama, perro, grande, mucho, salta, Elena, camisa, falda, pantalón, Chile, pensamiento, gente, azúcar, hermosa, curso, amor, tercero, una, doble, aquellos, nuestros, cualquiera, jauría.
b) da dos sustantivos y adjetivos de cada clase.
3- a) define familia de palabras y escribe dos ejemplos
    b) define hipérónimos e hipónimos y escribe dos ejemplos
    c) escribe tres palabras simples, tres derivadas y tres compuestas
    d) escribe dos palabras con sufijo e indica el significado del sufijo y dos con prefijo e indica el significado del prefijo
4- novela: a- ¿Qué tipo o género de novela es y por qué?  B- ¿Cómo es Facundo Giménez y qué pistas sigue?  C- ¿Qué acción real y cuál que oculta hace Paulina en el lugar del crimen? ¿Cómo es el pueblo de Pico Dormido y qué particularidad tienen los nombres de sus negocios?  D- ¿Quién es el asesino, cómo lo atrapan y qué relación tenía con Facundo Giménez?
5- ¿Qué es leyenda y qué es fábula?